El ser humano es sinónimo de imperfección. Está condenado a cometer errores, uno tras otro, y tal vez, sólo tal vez, aprender de ellos. Pero condenado ¿Por quién? ¿Por su misma naturaleza, que le impulsa a ello? ¿Es, entonces, el destino? ¿Existe, acaso? ¿Es la cadena reactora que despierta tras el vuelo de la mariposa? ¿Es cada mínima consecuencia de cada uno de los gestos cotidianos? ¿Es, entonces, el inexistente presente? No podemos controlar cada pequeño detalle a nuestro alrededor. ¿Somos, finalmente, marionetas de cuerdas enredadas por nuestro propio subconsciente? ¿Dónde está la libertad? No somos dueños de nuestras circunstancias, pero sí de nuestra actitud ante ellas. Buena o mala. Y todo cambia. Puede que ahí esté la sabiduría. En el refrán de; al mal tiempo, buena cara. O puede que no. ¿Hay alguien capaz de soportar las contínuas tempestades? ¿Existe un ser de piedra, o mejor, de diamante, que aguante la embestida del mar embravecido una y otra vez?
Preguntas, preguntas, preguntas. Puede que esa sea la respuesta, en realidad, el constante cuestionar. Qué paradoja, qué ironía. La búsqueda es la condena, y la condena, la felicidad. Pues quién no busca, no encuentra, y quién lo hace, ha de pararse a pensar, a quietar la pantalla de sus metas y ver más allá. ¿Qué espera? La paz.
Sin metas ¿Cómo avanzar? La imperfección más bella del ser humano está en ambicionar, anhelar, desear, soñar. Sueños de cosas imposibles. Pero la vida es sueño. y se hace camino al andar.
Y de lo andado, ¿Qué queda? ¿Una vaga ilusión? ¿Un recuerdo polvoriento, cargado de añoranza y ansia de olcidar? Piedra tras piedra, y sólo queda avanzar.
Los errores son heridas que cicatrizan con el tiempo, pero que dejan marca y puede que no lleguen a sanar. Duelen en los otros, pero escuecen más en la coraza del orgullo y el amor propio, pues aunque imperfectos, no buscamos hacer mal. Y llega un momento, tarde o temprano, que vemos nuestro reflejo, repleto de pequeñas cicatrices. Pobre ilusión de perfección desfigurada.
¿Qué hacer cuando descubrimos la verdad? Lo único que se nos da realmente bien; evadirnos, y soñar.
lunes, 19 de abril de 2010
Envejecer
Quiero envejecer contigo.Siempre he pensado que eso era lo más bonito que jamás podría oír de la boca de alguien. Sin embargo, nunca me había planteado el ser yo quien pronunciara esas palabras. Yo, siempre impulsiva, que todo lo empiezo con mucha emoción y al poco me canso, no me sentía preparada para decir algo de semejante magnitud. Porque yo no miento. Pero sí, ahora sí que lo puedo decir. Y no con la temeridad que me caracteriza, sino con la calma serena de quien ha llegado al final de la toma de conciencia.
Quiero envejecer contigo, porque no veo cómo podría cansarme algún día de tí. Has sido mi pasado, eres mi presente, pero sobre todo mi futuro, pues no puedo imaginar una vida sin tí a mi lado. Me inspiras en todos los sentidos. Si tú no estuvieras, todo carecería de sentido.
Durante toda mi vida he tenido una serie de cosas muy claras: No fumaré, nunca me amborracharé, no traicionaré jamás a mis amigos, siempre seré tal y como soy... Era un conjunto de afirmaciones que actuaban a modo de ley personal. Desde que me enamoré de tí, hjay una que gobierna sobre todas las demás: Te quiero.
Te quiero más de lo razonablemente posible; te quiero cuando me haces sonreír, e incluso cuando me haces enfadar. Te quiero en cada uno de tus pequeños momentos.
Sueña conmigo; sueña con lugares lejanos, aventuras, nuvos horizontes, mil y una historias que contar. ¿Quieres viajar conmigo?
Ayúdame a escribir esto entre los dos, a que tenga final o feliz, o mejor aún, que no tenga final.
Ahora que tú tampoco tienes miedo, puedo decírtelo: Envejece conmigo. Despierta cada mañana a mi lado, acompáñame en mis locuras, coge mi mano y no las sueltes.
Ya he resuelto mis dudas. Estos últimos meses me he sentido perdida, desorientada, ciega ante mis metas y aspiraciones, sin saber a dónde ir. ¿Por qué? Porque has cambiado mi vida. Ahora me doy cuenta de que mi meta, mi horizonte, eres tú. Lo único que necesito para ser feliz es tu amor.
Soy joven, pero estoy segura: Sólo quiero que me quieras.
Yo siempre lo haré.
martes, 9 de febrero de 2010
Lullaby
Horas. Ese es el tiempo que podría contemplar abstraída cómo tus dedos se deslizan ligeros y suaves sobre las teclas del piano.
Creo que nunca he vivido nada más hermoso que verte tocar.
Todo es perfecto. Tu silueta, grabada a contraluz en mis pupilas. La música, simplemente maravillosa. Tu serena concentración. Lo enternecedor que me resultas.
No importa que vayas en pijama, despeinado, o que tus gafas hayan resbalado hasta la punta de tu nariz.
Te vuelcas en la melodía, y es tu esencia la que produce ese sonido hipnótico.
Tu esencia, esa que tanto amo, queda expuesta al mundo material, y por unos breves instantes creo que podría atrapar el sentimiento que despiertas en mí en una palabra. ¿Amor? No, esa ya está demasiado vulgarizada.
Es algo más profundo.
Algo que conmueve cada ápice de mi persona, que me eriza la piel, y que hace que me entren ganas de llorar; no por tristeza, sino por la consciencia de la belleza que encierra la escena.
Y te vuelves hacia mí, con esa sonrisa tímida que me desarma, y que parece decir; "esto es todo lo que puedo hacer."
Y esperas, que, tal vez, yo aplauda. No te das cuenta de que me has dejado completamente hechizada, y que me cuesta reaccionar.
Y entonces me haces un gesto, y me pides que toque junto a tí.
Eso me aterra, a la vez que me maravilla, pues yo, que nunca he tocado el piano, temo romper ese aura mágica que has creado con mi torpeza.
Pero tu aguantas, estoico, mis desatinos. Me enseñas, repites una y otra vez, con esa paciencia de anciano que posees en ese cuerpo joven, de la que yo carezco completamente, y que me hace quererte aún más.
Lentamente va saliendo. Tú haces el acompañamiento y me dejas la melodía principal, en un acto de confianza.
Sale, finalmente, y noto algo cálido en el pecho, despuñes de ese segundo silencioso que sigue a la nota final, cuando nuestras miradas se encuentran, y los dos pensamos: "lo hemos conseguido".
Y después el beso.
Es uno de tantos momentos en los que soy realmente consicente de cuánto te quiero, y te necesito.
Eres lo mejor que hay en mí.
http://www.youtube.com/watch?v=ZOqUFqF_ZwM
Creo que nunca he vivido nada más hermoso que verte tocar.
Todo es perfecto. Tu silueta, grabada a contraluz en mis pupilas. La música, simplemente maravillosa. Tu serena concentración. Lo enternecedor que me resultas.
No importa que vayas en pijama, despeinado, o que tus gafas hayan resbalado hasta la punta de tu nariz.
Te vuelcas en la melodía, y es tu esencia la que produce ese sonido hipnótico.
Tu esencia, esa que tanto amo, queda expuesta al mundo material, y por unos breves instantes creo que podría atrapar el sentimiento que despiertas en mí en una palabra. ¿Amor? No, esa ya está demasiado vulgarizada.
Es algo más profundo.
Algo que conmueve cada ápice de mi persona, que me eriza la piel, y que hace que me entren ganas de llorar; no por tristeza, sino por la consciencia de la belleza que encierra la escena.
Y te vuelves hacia mí, con esa sonrisa tímida que me desarma, y que parece decir; "esto es todo lo que puedo hacer."
Y esperas, que, tal vez, yo aplauda. No te das cuenta de que me has dejado completamente hechizada, y que me cuesta reaccionar.
Y entonces me haces un gesto, y me pides que toque junto a tí.
Eso me aterra, a la vez que me maravilla, pues yo, que nunca he tocado el piano, temo romper ese aura mágica que has creado con mi torpeza.
Pero tu aguantas, estoico, mis desatinos. Me enseñas, repites una y otra vez, con esa paciencia de anciano que posees en ese cuerpo joven, de la que yo carezco completamente, y que me hace quererte aún más.
Lentamente va saliendo. Tú haces el acompañamiento y me dejas la melodía principal, en un acto de confianza.
Sale, finalmente, y noto algo cálido en el pecho, despuñes de ese segundo silencioso que sigue a la nota final, cuando nuestras miradas se encuentran, y los dos pensamos: "lo hemos conseguido".
Y después el beso.
Es uno de tantos momentos en los que soy realmente consicente de cuánto te quiero, y te necesito.
Eres lo mejor que hay en mí.
http://www.youtube.com/watch?v=ZOqUFqF_ZwM
lunes, 18 de enero de 2010
Corazas
Parece que el adjetivo calificativo "sensible" tenga un tinte negativo. Un matiz implícito que lo rlaciona con la palabra "debilidad". Si le dices a alguien que es sensible, es bastante posible que se ofenda. Yo me incluyo.
Sin embargo, ayer me paré a pensarlo. ¿Qué significa sensibilidad? No sé cómo lo definirá el diccionario, yo diría que es aquella cualidad que nos hace sentir, percibir sensaciones, y, a consecuencia de ello, expresarlas.
¿No sería pues un símbolo de humanidad? ¿No debaría implicar empatía, capacidad de emoción... en vez de debilidad? ¿Dónde está escrito que la dureza y la frialdad sean cualidades positivas?
El sur humano es el único animal capaz de llorar. El cocodrilo no cuenta. ¿No será pues el llanto una manera maravillosa de demostrar que algo se a conmovido en nuestra alma? Es cierto que aquello que produce lágrimas suele ser la tristez, el dolor, la rabia... Pero creo recordar que existen las lágrimas de felicidad.
El mundo de piedra en el que vivimos nos ha inculcado que hay que tragarse esas lágrimas. Que los hombres no lloran, y por tanto, las mujeres con un mínimo de orgullo, tampoco.
No me extraña que haya tantos asesinos, tantos locos, tantos maltratadores, espíritus pétreos, inamovibles, que han perdido todo rastro de humanidad.
Aquello que no se exteoriza, explota, y nos destruye por dentro.
Llorar ayuda a sacar lentamente el sufrimiento, y sirve de bálsamo calmante. Conlleva el equilibrio emocional. Una persona que ha perdido la capacidad de llorar es un caso preocupante.
Yo lloro. Lloro al menos una vez a la semana, según algunos. Pudo llorar por rabia, por frustración, por tristeza, por melancolía, por dolor. Lloro, y el momentáneo sufrimiento se alivia, y puedo volver a razonar. Llorar no me hace infeliz. Me ayuda a valorar mi felicidad. Puedo llorar una mez a la semana, pero me río bastantes veces al día. Por no decir que me paso el día riendo. Creo que es un buen porcentaje.
Lloro y río porque siento, y al sentir estoy viva.
No tengo que pedir perdón por ello. No me avergüenzo, ni me da miedo reconocerlo. Soy sensible, y soy valiente, porque no me da miedo sentir.
Puede que el valor esté reservado a las personas que todavía admiten que tienen corazón. esas son las realmente fuertes.
Sin embargo, ayer me paré a pensarlo. ¿Qué significa sensibilidad? No sé cómo lo definirá el diccionario, yo diría que es aquella cualidad que nos hace sentir, percibir sensaciones, y, a consecuencia de ello, expresarlas.
¿No sería pues un símbolo de humanidad? ¿No debaría implicar empatía, capacidad de emoción... en vez de debilidad? ¿Dónde está escrito que la dureza y la frialdad sean cualidades positivas?
El sur humano es el único animal capaz de llorar. El cocodrilo no cuenta. ¿No será pues el llanto una manera maravillosa de demostrar que algo se a conmovido en nuestra alma? Es cierto que aquello que produce lágrimas suele ser la tristez, el dolor, la rabia... Pero creo recordar que existen las lágrimas de felicidad.
El mundo de piedra en el que vivimos nos ha inculcado que hay que tragarse esas lágrimas. Que los hombres no lloran, y por tanto, las mujeres con un mínimo de orgullo, tampoco.
No me extraña que haya tantos asesinos, tantos locos, tantos maltratadores, espíritus pétreos, inamovibles, que han perdido todo rastro de humanidad.
Aquello que no se exteoriza, explota, y nos destruye por dentro.
Llorar ayuda a sacar lentamente el sufrimiento, y sirve de bálsamo calmante. Conlleva el equilibrio emocional. Una persona que ha perdido la capacidad de llorar es un caso preocupante.
Yo lloro. Lloro al menos una vez a la semana, según algunos. Pudo llorar por rabia, por frustración, por tristeza, por melancolía, por dolor. Lloro, y el momentáneo sufrimiento se alivia, y puedo volver a razonar. Llorar no me hace infeliz. Me ayuda a valorar mi felicidad. Puedo llorar una mez a la semana, pero me río bastantes veces al día. Por no decir que me paso el día riendo. Creo que es un buen porcentaje.
Lloro y río porque siento, y al sentir estoy viva.
No tengo que pedir perdón por ello. No me avergüenzo, ni me da miedo reconocerlo. Soy sensible, y soy valiente, porque no me da miedo sentir.
Puede que el valor esté reservado a las personas que todavía admiten que tienen corazón. esas son las realmente fuertes.
jueves, 7 de enero de 2010
Vender poesía
La poesía no se debería vender, y sin embargo la vendo.
Como persona nadie me puede comprar, como escritora tengo precio.
El afán de gloria, de fama, de inmortalidad, es mi condena, y acepto esta pena con lo que me queda de dignidad.
Cambio un verso por una moneda, o eso pienso, pues todavía no he escrito nada que pueda interesar a un comprador.
Pero, ¿merece algo la pena si su valor es metálico? ¿Cuándo surgió la pasión inspirada por el tintineo del bolsillo? ¿Acaso no languidecían los bohemios hambrientos en cuartuchos oscuros de París?
Los árboles desnudos de mi calle parecen desarmados bajo la luz mortecina de este día gris. Podrían ser hermosas estatuas de madera cubiertas por una grágil capa de nieve, delicada; tanto que puede esfumarse con un soplo. Pero pienso en vender la belleza y ésta desaparece.
No puedo vender poesía. La poesía no se vende. Tan solo se regala. Se entrega a sí misma desinteresadamente. Pero no es una esclava. Va y viene, deleita nuestras mentes humanas, y se marcha cual musa caprichosa cuando quiere, abandonándonos en nuestra fría soledad.
Arde y enciende, pero no quema. Conmueve y transporta. Fluye estando quieta.
Vuela, alma, vuela.
Vuelve, musa, vuelve.
Regalo poesía a quien la quiera.
Como persona nadie me puede comprar, como escritora tengo precio.
El afán de gloria, de fama, de inmortalidad, es mi condena, y acepto esta pena con lo que me queda de dignidad.
Cambio un verso por una moneda, o eso pienso, pues todavía no he escrito nada que pueda interesar a un comprador.
Pero, ¿merece algo la pena si su valor es metálico? ¿Cuándo surgió la pasión inspirada por el tintineo del bolsillo? ¿Acaso no languidecían los bohemios hambrientos en cuartuchos oscuros de París?
Los árboles desnudos de mi calle parecen desarmados bajo la luz mortecina de este día gris. Podrían ser hermosas estatuas de madera cubiertas por una grágil capa de nieve, delicada; tanto que puede esfumarse con un soplo. Pero pienso en vender la belleza y ésta desaparece.
No puedo vender poesía. La poesía no se vende. Tan solo se regala. Se entrega a sí misma desinteresadamente. Pero no es una esclava. Va y viene, deleita nuestras mentes humanas, y se marcha cual musa caprichosa cuando quiere, abandonándonos en nuestra fría soledad.
Arde y enciende, pero no quema. Conmueve y transporta. Fluye estando quieta.
Vuela, alma, vuela.
Vuelve, musa, vuelve.
Regalo poesía a quien la quiera.
lunes, 28 de diciembre de 2009
Dulce locura.
Puede que esté loca, porque hablo contigo cuando no estás. Acumulo todas las cosas que te quiero decir en mi mente, y allí, en lo más recóndito, te las cuento. No importa que no me escuches... o puede que sí lo hagas.
Puede que esté loca, pues no ha sido un largo periodo de tiempo, y al fin y al cabo son mi cabeza y mi percepción las que me juegan malas pasadas, pues soy consciente de que estás más lejos, y soy consciente de que no me puedo comunicar contigo.
Duermo lo más que puedo para que los días sean más cortos, y cuando despierto, hago mil cosas para manetenerme ocupada, pero por más que me esfuerzo en aislarte de mi pensamiento, es imposible... es un eco profundo arraigado en el subconsicente: Que llegue ya, que llegue ya.
Incomprensiblemente te he echado de menos. Puede que no haya tenido tiempo para hacerlo, pero empezó desde el momento en el que abandonaste las sábanas la mañana siguiente a Navidad.
Puede que esté loca, pero sólo quiero suplicarte... quédate a mi lado.
Te quiero.
Puede que esté loca, pues no ha sido un largo periodo de tiempo, y al fin y al cabo son mi cabeza y mi percepción las que me juegan malas pasadas, pues soy consciente de que estás más lejos, y soy consciente de que no me puedo comunicar contigo.
Duermo lo más que puedo para que los días sean más cortos, y cuando despierto, hago mil cosas para manetenerme ocupada, pero por más que me esfuerzo en aislarte de mi pensamiento, es imposible... es un eco profundo arraigado en el subconsicente: Que llegue ya, que llegue ya.
Incomprensiblemente te he echado de menos. Puede que no haya tenido tiempo para hacerlo, pero empezó desde el momento en el que abandonaste las sábanas la mañana siguiente a Navidad.
Puede que esté loca, pero sólo quiero suplicarte... quédate a mi lado.
Te quiero.
lunes, 21 de diciembre de 2009
Te quiero.
Te quiero. Te quiero. te quiero.
Es esa certeza a que hace que todo valga la pena. Arriesgué, y gané.
Oh, sí. Me tocó el premio gordo.
Releí algo que escribí hace unos meses: Historia de dos.
La volvía a leer y me di cuenta de que lo has cumplido todo, absolutamente todo. Has hecho que mis sueños se hagan realidad.
Y por eso te quiero. Por quererme. Por hacerte querer.
Puede resultar repetitivo, aburrido, rutinario, soporífero, ordinario....
Pero te quiero. Te quiero. Te quiero.
Y es que no hago mas que pensar en ello. Puedo tener la cabeza en mil cosas, estar agobiada, estresada, cansada o de mal humor, pero siempre estás tú, grabado en mi subconsciente, haciendo que esboce involuntarias sonrisas, y capaz de levantar a mi alrededor una burbuja de felicidad que me protege de todo mal.
Te quiero, te quiero, te quiero.
¿Por qué?
Puede ser porque te esfuerzas en hacerme feliz.
Puede ser porque eres mi mejor amigo.
Puede ser porque me conoces y me aceptas.
Puede ser porque contigo hago el amor.
Puede ser porque me encanta cada adjetivo que describe a tu persona.
Puede ser porque seas el único que me deja sin palabras, e incluso sin respiración.
Puede ser porque me impulsas a mejorar como persona.
Puede ser porque mi primera prioridad sea hacerte feliz.
Puede ser porque no me importa llorar sobre tu hombro.
Puede ser porque me gusta sentirme protegida entre tus brazos.
Puede ser por la suavidad y la dulzura apasionada con la que me tocas.
Puede ser porque pierdo la cabeza cuando tu boca roza mi boca.
¿Por qué te quiero? No lo sé.
Sólo sé que te quiero. Te quiero. Te quiero.
Es esa certeza a que hace que todo valga la pena. Arriesgué, y gané.
Oh, sí. Me tocó el premio gordo.
Releí algo que escribí hace unos meses: Historia de dos.
La volvía a leer y me di cuenta de que lo has cumplido todo, absolutamente todo. Has hecho que mis sueños se hagan realidad.
Y por eso te quiero. Por quererme. Por hacerte querer.
Puede resultar repetitivo, aburrido, rutinario, soporífero, ordinario....
Pero te quiero. Te quiero. Te quiero.
Y es que no hago mas que pensar en ello. Puedo tener la cabeza en mil cosas, estar agobiada, estresada, cansada o de mal humor, pero siempre estás tú, grabado en mi subconsciente, haciendo que esboce involuntarias sonrisas, y capaz de levantar a mi alrededor una burbuja de felicidad que me protege de todo mal.
Te quiero, te quiero, te quiero.
¿Por qué?
Puede ser porque te esfuerzas en hacerme feliz.
Puede ser porque eres mi mejor amigo.
Puede ser porque me conoces y me aceptas.
Puede ser porque contigo hago el amor.
Puede ser porque me encanta cada adjetivo que describe a tu persona.
Puede ser porque seas el único que me deja sin palabras, e incluso sin respiración.
Puede ser porque me impulsas a mejorar como persona.
Puede ser porque mi primera prioridad sea hacerte feliz.
Puede ser porque no me importa llorar sobre tu hombro.
Puede ser porque me gusta sentirme protegida entre tus brazos.
Puede ser por la suavidad y la dulzura apasionada con la que me tocas.
Puede ser porque pierdo la cabeza cuando tu boca roza mi boca.
¿Por qué te quiero? No lo sé.
Sólo sé que te quiero. Te quiero. Te quiero.
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