miércoles, 29 de marzo de 2017

La noche en la que conocí a Edjengui.

La noche en la que conocí a Edjengui me caía de sueño.  Había sido un día largo.  Dori llevaba dos días en Mintom y yo había terminado el trabajo de oficina.  Era septiembre y en la casa de Djoum sólo quedabamos unos pocos.  Estábamos desayunando cuando uno de los trabajadores de la Ong empezó a llamarnos.  Su sobrina llevaba toda la noche de parto y el bebé no salía.  Patri,  Mamen y Alba me animaron a ir con ellas, a pesar de que yo no tenía nada de personal sanitario. Nos montamos en el destartalado todoterreno y nos lanzamos al camino. 

 En septiembre ya es época de monzones,  y los caminos tienden a ser intransitables,  pero conseguimos llegar.  Fue la primera vez que asistí a un parto.  No es que yo pudiera hacer mucho,  a parte de echar agua oxigenada en un algodón y apretar contra el pinchazo del brazo de la niña.  Porque era una niña.  La madre era una niña pigmea,  una de tantas que a los trece años ya han tenido su primer hijo. Solo que ella no llegó a tenerlo. Si el parto va mal poco se puede hacer en medio de la selva.  Y allí estaba ella,  tan pequeña,  tendida en una estera en su casa de adobe,  atontatada por tantas horas de dolor.  El feto se había muerto dentro de su vientre,  después de tantas horas sin que su madre dilatara.  Había que llevarla a un hospital para que se lo sacaran por cesárea,  pero el hospital más cercano estaba a cuatro horas si no había ningún percance por culpa de la lluvia y los caminos.

Cargamos con ella en el todoterreno y con varios de sus familiares en la parte de atrás, cabizbajos,  silenciosos.  Apoyé su cabeza en mi regazo,  sujetando en alto la bolsa de suero.  Si no llegaba a tiempo al hospital,  se nos iba.  Llegó.  Y como siempre exigieron una tarifa exhorbitada por atenderla.  Pero vivió.

Esa tarde,  o puede que fuera la tarde siguiente,  fuimos a otro poblado a atender a una niña con malnutrición y enseñarle a su madre cómo preparar una papilla especial.  Las mujeres y los niños llevaban coronas hechas con hojas trenzadas.  Estaban esperando a Edjengui. Y entonces llegó la lluvia.  La lluvia en Camerún poco o nada tiene que ver con la lluvia europea. La ves aproximarse como una espesa cortina,  sin quiebro alguno,  y te cubre como una manta cálida. Justo antes de que te alcance puedes ver cómo los colores brillan con más intensidad.  El verde es esmeralda y el naranja se vuelve rubí.  Y entonces te alcanza y podrías bailar.

Esa noche nos invitaron a ver a Edjengui.  Fuimos todos. Y a todos nos capturó la magia,  las voces,  la luz del fuego y la silueta espectral danzando en círculos imposibles durante horas.  Así es como conocí a Edjengui.  Y cómo me enamoré aún más de África.

miércoles, 9 de noviembre de 2016

Heil Trump!

No sé si como española, teniendo el percal que tenemos en este país, tengo licencia para opinar sobre lo que ha pasado en Estados Unidos. Sin embargo, como ciudadana del mundo globalizado en el que vivimos, me siento en la obligación de hacerlo, para quién pueda interesarle.
El problema no es Donald Trump, sino la idea de lo que representa. Es homófobo, racista, misógino y otras muchas lindezas bajo ese peluquín. Mi primera reacción es pensar en cómo ha podido votarle la gente: cómo han podido votarle las mujeres, los negros, los latinos, los gays, sin olvidar, por supuesto, a los musulmanes… Cómo de desencantada tiene que estar una población para votar a un hombre que te acusa de criminal, de objeto sexual, y pasar por alto todo eso. En Europa nos rasgamos las vestiduras mientras de puertas para dentro en nuestro continente la ultraderecha y el fascismo van ganando territorio. Pero el problema que vemos es que el discurso de Trump se parece al de Hitler.
Y sí, eso es un grave problema, teniendo en cuenta que Estados Unidos es la gran potencia mundial. Pero no es sólo el discurso de Trump. La cantinela de que es hora de que los habitantes de un país trabajen por sí mismos, que luchen por sí mismos, que recuperen lo que es suyo, que los inmigrantes vienen a robar el trabajo etc… es vieja, y no sólo se oye al otro lado del charco. En Europa lleva oyéndose casi un siglo. Desde que Hitler ganó las elecciones en 1933 (o desde que Mussolini entró en escena en el 22). Es el estribillo que se repite en toda época de descontento. Trump habla de hacer grande de nuevo los Estados Unidos, que han perdido su estrella del sueño americano. Hitler hablaba de hacer sentir orgullosa a la Alemania del presente, en vez de sólo añorar la grandeza del pasado. Ambos apelan a las clases medias, tratando de sacarlas de su desilusión, y ambos lo lograron, alegando que ambos pueden acabar con el desempleo. Ambos apelan a la unidad y al engrandecimiento como nación. Eso es populismo. Decirle al pueblo lo que quiere oír en momentos de crisis. Y además, de paso llenar sus oídos de odio contra aquel que no sea un hombre blanco heterosexual. Es probable que muchas personas en Estados Unidos no sepan que Hitler fue elegido democráticamente y ganó por goleada. Y todos sabemos cómo acaba la historia. Comparto el link del discurso de victoria de Hitler. El de Trump podéis verlo en directo en Youtube ahora mismo.


Sólo comentaré una frase ampliamente conocida, y a la que sin embargo nadie parece hacerle caso: Quién no conoce su historia está condenado a repetirla.
Sin embargo, lo preocupante no es un loco dando discursos grandilocuentes, lo preocupante es toda la gente que le sigue enfervorecida. Porque ¿cuál era la alternativa? Hillary Clinton no ha conquistado al público porque está salpicada por la corrupción y tiene las manos manchadas por la guerra. Hastío. Hastío político es lo que hay. Tal vez si Bernie Sanders hubiera ganado las primarias, el resultado hubiese sido diferente. Pero el voto de castigo existe, y es simplista: Si no me das lo que quiero voto al otro. No pienso más allá. Es una representación del mundo binario en el que vivimos. O blanco, o negro. O malo, o peor. Y aquí tenemos a un hombre, a la cabeza de la primera potencia mundial, que ha sido votado a pesar de atentar en su discurso contra toda corrección, legalidad, y derechos humanos,  para castigar al régimen establecido. Algo hemos hecho de forma catastrófica como especie. Como sociedad. Como democracia. No sólo en Estados Unidos. En Occidente, a nivel global.

Veremos qué pasa. Sólo puedo pensar en lo enfermo que está el mundo para que el síntoma más visible tenga una peluca amarilla, piel naranja y se llamé Donald Trump. 

lunes, 10 de octubre de 2016

Carta a mi yo futura

Querida Elena futura:

Llevamos recorrido un respetable tramo del camino. Estés donde estés dentro de diez años, eso que te atormenta tanto en el presente, recuerda que hasta ahí has llegado y no lo has hecho del todo mal. Si ponemos en una balanza lo bueno y lo malo, lo bueno gana por goleada, y lo malo te ha hecho crecer, y te ha hecho más fuerte. Ya lo sabes. No voy a dar ejemplos. Estás empezando a ganar cierta sabiduría que sólo se adquiere mediante la experiencia, así que en diez años, probablemente seas mucho más sabia, hagas lo que hagas. Así que sólo un consejo: Aplica esa sabiduría a tu propia vida. Las dos sabemos que eres hipersensible y que las cosas te afectan tres veces más que a otras personas. Te han llamado exagerada y dramática... Bueno. No puedes evitar ser de la forma que eres. Esa sensibilidad te hace especial, te hace percibir matices que otros no perciben. Te hace ser apasionada, te permite ilusionarte por las cosas más simples, reír más fuerte, emocionarte con facilidad. Por favor, no pierdas esa sensibilidad. Sigue siendo capaz de llorar por una canción, o una frase, o un capítulo... No pierdas esa capacidad de empatizar, de interiorizar sentimientos que ni siquiera son tuyos. Eso te hace única, y nos gusta eso. ¿No? Es lo que te permite escribir como escribes y conseguir llegar a la gente, mediante la palabra escrita o en persona.
Te voy a recordar algo que pasó esta semana. El día había empezado fatal, con tormenta y frío, habías perdido el autobús y llegabas tarde a trabajar. Parecía un asco de día. Fuiste a por un café, y la cafetería de siempre estaba cerrada, para colmo. Pero giraste la esquina, entraste en otra cafetería, y con tu café la camarera te regaló un sobao. Y te sentiste tan feliz. Esa tontería hizo que el día pareciera maravilloso de pronto.
Si alguna vez piensas que todo está siendo un desastre, recuerda que a la vuelta de la esquina siempre puede haber alguien que te regale algo con azúcar.
Es probable que hayas vuelto a meditar, y puede que lo hayas dejado unas tres veces para luego retomarlo. Bueno, no esperes a tener momento de iluminación. Suelen venir a nosotras en los momentos más necesarios, puntos de inflexión repentinos que nos impulsan hacia arriba como un muelle, pero tomarte la vida con más calma tampoco te vendría mal.
Seguro que haces algo que se te da bien. Eres habilidosa. Pero asegúrate de que realmente lo disfrutas. Puede que estés en la universidad impartiendo clases de literatura o historia, o puede que estés en algún país de África haciendo algo últil, o tal vez en tengas un refugio de animales abandonados, o seas una bruja moderna y cures a las gente con tus remedios caseros. Sea lo que sea, será algo extravagante y poco rutinario, espero. Y que no hayas dejado de escribir. Porque eso eres tú.
Puede que seas madre. Recuerda que una vez prometiste que si tuvieras retoños los llevarías a recorrer el mundo contigo. No abandones esa idea.
No seas demasiado dura contigo. Tiendes a serlo. Es posible que tengas las cosas más claras que mientras escribo, pero ahora mismo ya sé que de nada sirve hacer planes. Da gracias por todos esos años de teatro que te han enseñado a improvisar.
Disfruta de los minutos de motivación musical diaria. Refuerza tu talento irónico. Quiere mucho, y quiere bien. No exijas tanto. Estaría bien que volvieras a dibujar. Últimamente he pensado en aprender a hacer punto y repostería, no sé si llegará a buen puerto o serán algunos de tantos proyectos absurdos que nunca van a ninguna parte porque tu inconstancia te hace cambiar de idea cuando ya te has gastado dinero en material.
¿Cómo va esa vuelta al mundo en fascículos? Calculo que has tenido que descubrir unos 10 territorios nuevos e inexplorados, y los habrás capturado en fotografías para que el recuerdo nunca se distorsione, ni los rostros de las personas a las que has conocido. Tal vez te hayas animado a grabar, no sólo a hacer fotos. No sé cómo habrá salido. No se te da muy estar frente a una cámara, pero igual has superado ese pánico escénico irracional.
¿Y la guitarra? ¿Sabes tocar algo más que cuatro acordes mal puestos? ¿Has llegado a hacer algo con tu francés de andar por casa, como por ejemplo, mejorarlo? ¿Y esa idea de aprender alemán, italiano y chino? Igual no has tenido tiempo de todo. No pasa nada, para aprender siempre hay tiempo, porque es un proceso que nunca acaba.
A veces se te olvida, pero te gustas. A pesar de tus altibajos emocionales, de tu testarudez, y tus impulsos, te gustas. A pesar de tus errores, tu orgullo y tus momentos de debilidad, te gustas. No siempre, pero en general te gustas. Porque oye, chica veleta, recuerda a Tolkien: No todo el que anda errante está perdido.
No siempre sabes dónde está el norte, pero siempre te ha gustado el viento que sopla hacia el este.
Hasta dentro de 10 años.

Elena

miércoles, 8 de junio de 2016

LA IMPORTANCIA DE LLAMARSE FEMINISTA (A UNO MISMO)


Ayer leí un artículo sobre una chica mexicana que se autodenominaba antifeminista, y que se dedicaba luchar verbalmente contra las feministas en las redes sociales. Ella basaba su teoría en que el patriarcado no existe, y que es una invención de las feministas para destruir la sociedad. Según ella, el feminismo tuvo sentido hace muchos años, pero que ahora la igualdad se ha alcanzado, no tiene sentido. Curiosamente, acto seguido leí otro artículo sobre un juez mexicano que le había quitado la custodia a una madre porque según él, no era lo suficientemente femenina: Era atea, no cumplía su rol en la casa y por ello necesitaba ir a terapia. No sé si eso es a lo que esta chica llama igualdad, a que un juez pueda dictaminar qué rol tienes que cumplir en la sociedad legalmente por ser mujer, sin embargo la chica decía que aunque recibía a diario muchos insultos y ataques, también tenía miles de seguidores que le apoyaban y le agradecían lo que hacía. Le agradecían que fuera antifeminista.

Pero no hay que irse a México para ver estas cosas. Uno puede argumentar diferencias culturales, pero no es el caso. Yo he oído en repetidas ocasiones a gente de mi entorno, ya no digo gente relevante o famosa, bromear con el patriarcado, ridiculizando la idea. Y no hay mejor forma de desprestigiar un movimiento que ridiculizando su causa. Lo vemos a diario en política, sin ir más lejos. Y hay muchos que cuando alguien señala la cantidad de abusos que las mujeres sufren a diario en todo el mundo, suelen responder con que los hombre también sufren, y que eso nadie lo denuncia, que ellos también son maltratados y abusados y nadie lo denuncia. Y normalmente añadirán un “feminazi” al final de su argumentación como colofón final. Es como decir: Hay una epidemia, pero no os pongáis vacunas, que a mi vecino cuando tuvo catarro no le vacunaron.

Es decir, la injusticia y el abuso de poder sobre los derechos humanos es algo que existe en todo el mundo y que no diferencia género. La injusticia hay que perseguirla y castigarla en cualquier forma o estadio. Pero no se puede negar que los abusos que sufren las mujeres por ser mujeres como grupo, como colectivo social, no existan. Nadie ataca a los hombres por ser hombres. Y negar la existencia del patriarcado es cerrar los ojos ante el problema y mirar hacia otro lado. Hay cientos, o miles de ejemplos a nuestro alrededor dejándolo en evidencia: mundo de negocios, cine, publicidad… Mires donde mires, a pesar de la evolución social que se ha vivido en los últimos 50 años (en occidente, claro, en el resto del mundo no podemos hablar de ese avance) aún queda mucho que avanzar. Porque los cambios culturales son muy lentos, antropológicamente hablando. Y por mucho que podamos votar, ¿quién no ha tenido que escuchar en su vida algo como “vete a fregar”? Son herencias culturales, manchas, más bien, que tardan mucho más años en desaparecer, y más cuando el cambio se ha conseguido mediante la lucha, pero en el poder siguen los mismos, a los que no les interesa tanto que las cosas cambien, y regalan a su público la ilusión del gran cambio que ha habido para que se muestren conformes. Sin embargo, las formas de esclavitud cambian. Ahora a la mujer se le esclaviza mediante la imagen. Y ¿quién mueve los hilos para que sea así? Unos pocos ricos.

Sin embargo, no es la intención de este artículo profundizar en esos temas, que bien darían para una tesis doctoral, sino en ejemplos más cercanos y visibles. Esta semana se ha publicado un estudio acerca de las violaciones en la comunidad universitaria estadounidense. El estudio refleja que 1 de cada 5 estudiantes universitarias sufre una violación o agresión sexual. 1 de cada 5. Esa proporción da miedo. Pero no hay que cruzar el charco, ni hay que leer estudios sociológicos. Este fin de semana, sin ir más lejos, volvía a casa con dos amigas, por pleno centro de la ciudad, cuando un tipo tuvo a bien gritar “¡qué culo tienes!”. Y ese es el pan de cada día. No hay momento en el que vayas sola por la calle, si es de noche más, sola o sin presencia masculina, en el que algún garrulo va a sentirse en su derecho de opinar sobre tu cuerpo. De cosificarte. De tratarte como un objeto sexual. Hace un par de años, otro espabilado al que tuve la desgracia de encontrarme más de una vez, no sólo se conformó con eso, sino que además decidió que tenía que premiarme con su compañía, y se puso a andar a mi lado, murmurándome todo lo que me haría. Y eso es violencia. Es violencia porque te hace sentir incómoda, te asusta, y probablemente si no hubiésemos estado a plena luz del día en medio del barrio, habría intentado hacerme algo más. Y no es un caso aislado. Es algo que puedo comentar con cualquier mujer y a todas les habrá pasado algo similar en algún momento de su vida: El acoso de un tipo en un bar, el que te toquen el culo cuando vas andando por la calle, los “piropos”, por los cuales al parecer deberíamos sentirnos halagadas, cuando nadie ha pedido su opinión, ni que te cosifiquen como un órgano sexual andante. Eso es violencia, y todas lo sufrimos a diario. Y que no venga nadie a decirme que las mujeres hacemos lo mismo con los hombres. Porque muchos hombres se sienten en su derecho a hacer eso. Y repito que no es algo aislado. Claro que hay hombres que no son así, no veo a ninguno de mis amigos cercanos haciendo eso, pero es una tendencia muy generalizada.

De hecho, por lo visto existe un hombre que se dedica a hacer tutoriales en Youtube de cómo asaltar a las mujeres. Porque según él, las mujeres no sabemos lo que queremos, y cuando decimos no, en realidad sí que queremos, que él sabe más que nosotras. Podríamos pensar que es un colgado, pero no, tienes miles y miles de suscriptores en su canal, y el tío va dando hasta charlas sobre esto. En plan coaching. Repito; miles y miles de suscriptores.


Así que invito a la reflexión, a que consideres, tú que estás leyendo, la importancia de ser y llamarte feminista. 

jueves, 26 de mayo de 2016

El futuro: Venezuela.

Llevo tiempo en estado de introversión preocupándome más bien poco por lo que ocurre a mi alrededor. Antes me interesaba debatir con la gente, trata de explicar mis puntos de vista, últimamente estaba cansada, no me apetecía hablar de política más de lo estrictamente necesario, yo ya tengo mis principios y mis ideas, y quien no los comparta, pues poco me importa. 

Sin embargo, cada vez que enciendo la tele, o leo un periódico, o navego por Internet, me doy de bruces con una constante campaña de acoso y derribo a Podemos, y a sus votantes, entre las cuales me incluyo. Porque cuando difamas y calumnias a algo que representa a tanta gente, estás difamando y calumniando a esa gente. 

Siempre, y lo he repetido y reflejado en muchas de mis entradas, me ha interesado la política. ¿Cómo no va a interesarme que un grupo de desconocidos tomen decisiones que afecten a mi vida? He participado en manifestaciones, he sido parte del 15M, he votado en todas las elecciones religiosamente, sin faltar a ninguna, he hablado, he debatido y creo que he dado que pensar. No milito en ningún partido, sin embargo, ni tengo intención de hacerlo, por una razón muy sencilla: me veo demasiado joven e inexperta en muchos asuntos como para involucrarme a un nivel tan profundo en algo, y no quiero perder la perspectiva global de las cosas. Sí que estoy registrada en Podemos, y he votado en todos los procesos que se han abierto, el último, el de la coalición con Izquierda Unida y otros grupos, cuyo resultado me llena de felicidad, pues ya voy a poder votar sin estar dividida. Así que sin ser militante, soy partícipe en todo momento. Estoy bien informada. 

Bien. Pues eso automáticamente me convierte en una izquierdista radical, comunista leninista, chavista, y por supuesto, etarra. Nunca pensé que tantas etiquetas tan diversas y estúpidas se pudiesen colocar en una sola persona. Pues eso somos, al parecer. Y ya se esfuerza la prensa en que parezca eso. Como Lenin lleva muerto sus años, y ETA cesó la violencia hace también un tiempo, sólo queda un lugar en el que buscar  pruebas del apocalipsis que se desataría en nuestro país (esa España igualitaria, rica y sin problemas de ningún tipo) si la ciudadanía vota a Podemos: Venezuela. 

Venezuela se ha convertido en un país tan popular en estos últimos meses.... Casi tanto como lo fue Grecia el verano pasado, aunque poco los mencionan ahora, me pregunto por qué. Venezuela es el infierno, la gente muere de hambre, no tiene medicaciones, y por supuesto, no tienen libertad, el régimen de Maduro es una dictadura. ( No sabía que en una dictadura pudiese haber oposición). Eso es lo que dicen en la tele. En el telediario. Albert Rivera con lágrimas en los ojos. 
Yo no digo que Nicolás Maduro no sea un desequilibrado. Sinceramente, pienso que lo es. Pero también pienso que yo no vivo en Venezuela, y no puedo saber lo que verdaderamente está pasando allí. Y desde luego no me creo ni la mitad de lo que dicen los medios, porque todos sabemos quién paga a esos medios. Y me hace mucha gracia que a tanta gente le preocupe tanto de pronto lo que pasa en Venezuela, cuando hasta antes de ayer probablemente no supieran cuál era su capital, o dónde ubicarla con exactitud en el mapa. Pero mientras, miles de personas se ahogan en ese mar que baña nuestras playas, huyendo de una guerra financiada por nosotros, y eso parece que no importa, siempre y cuando nadie venga a poner una bomba en la puerta de nuestra casa. ¿Dónde está Albert Rivera llorando por los niños desaparecidos, por los padres muertos en bombardeos o en el mar? 

Lo que realmente me repatea el hígado es que los dirigentes de nuestro país se postulen como defensores de los derechos humanos cuando han firmado un acuerdo que permite expulsar a los refugiados a Turquía, incumpliendo todo aquello que alardean defender. Son una vergüenza. 

Así que no voy a opinar sobre lo buena o mala que es la situación de Venezuela, porque no tengo ni la menor idea, y cuando uno no sabe de algo, lo mejor que puede hacer  es callarse. 
Lo mismo que podrían hacer todos aquellos que critican a Podemos y se llevan las manos a la cabeza, sin ni siquiera haberse leído su programa. 

¿Defender los derechos humanos, la igualdad entre las personas, el derecho a la educación, a la sanidad, a los servicios sociales, al trabajo, defender la libertad y la justicia libre y la paz, me convierte en una izquierdista radical, comunista leninista, chavista y etarra? Muy bien. Pues ¿dónde hay que firmar? 



sábado, 16 de abril de 2016

William. 1917

Qué extraño resultaba  volver a estar en casa, en esa siniestra familiaridad de la que ya no se sentía parte. La misma luz mortecina de siempre se colaba entre las cortinas de su habitación. Pero su habitación era media. Paul no había vuelto del Somme. Su cama pedía a gritos vacíos el regreso de su dueño, mientras él con su pierna herida miraba las arrugas en la colcha de su hermano, intactas, como si nunca se hubiera marchado a Francia. Como si hubiera hecho la cama a toda prisa esa misma mañana y fuera a volver a cenar. Sólo el polvo delataba que los días se convirtieron en meses, y los meses en años.

No soportaba oír a su madre sollozar. Paulie estaba muerto, pero tal vez se había llevado la mejor parte, después de todo. William tenía que abrir los ojos cada mañana, sentir su ausencia, y obligarse a respirar, a pesar de la opresión que sentía en el pecho, ese dolor mudo y persistente que le golpeaba como un martillo cada vez que pensaba que tenía que seguir adelante.

Héroes de guerra, los llamaban. Uno de los Collins caído, el otro tullido. Qué tontos habían sido. Todos los sueños de gloria de sus tiernos veintipocos fueron sustituidos por las pesadillas de ojos vacíos, el olor a gas, el sonido de los disparos, los gritos, la sangre. Su hermano, amigos con los que había crecido en las calles, el chico poco espabilado del carnicero. Todos idos. Y él sobrevivió a la batalla del Somme, aunque para volver a casa, si es que ahora puede llamarlo así, sin poder caminar. Con la baja y el título de héroe que en poco tiempo todos habrán olvidado.

Mamá llora a Paulie y papá mantiene los ojos vidriosos posados en la calle, como si esperase un milagro. Como si fuese a aparecer caminando bajo la lluvia, chapoteando en los charcos. También lee el periódico. “Los americanos han entrado en la Guerra. Ahora van a cambiar las tornas”. Como si fuese a suceder otra cosa que más matanzas.

Cuando quería no escuchar la metralla en su cabeza, pensaba en ella. Elise. La joven voluntaria francesa. Esa niña crecida a base de horror que le sacó las balas de la carne. La que le acunó al llorar por la muerte de su hermano. Alguien tan joven no debería estar expuesto a semejantes atrocidades. Pero todo eran jóvenes, y ella parecía más fuerte y sólida que cualquiera de ellos. Apenas habían hablado, él no sabía francés, y ella apenas unas frases en inglés, pero podía entender su dolor. Podía entenderlo como nadie de su entorno lo entendía ahora.


Había sido difícil volver y decirle a Lucy que ya no se casaría con ella. No era sólo porque pensara en Elise. ¿Cómo podría vivir con Lucy, alguien tan ajeno al sufrimiento? Sólo conseguiría hacerla desgraciada. Estaba sólo aquí en Londres. Cada uno llevaba su carga propia, como podían. Mamá lloraba, papá esperaba, y él soñaba con volver a Francia y encontrar a esa joven de piel nívea y manos que curaban. 

domingo, 21 de febrero de 2016

Asun. 1935

Asun se muere de ganas de ser mayor de edad. Para poder votar. Para poder devolverle su escaño a Clara Campoamor. La escuchó un día que fue a la universidad a buscar a su hermano, y desde entonces no ha dejado de pensar que quiere ser como ella. La forma en la que habla, las cosas que dice. Querría ir a la universidad, aunque no cree que su madre lo permita. Ya ha protestado porque ha continuado con sus estudios de bachillerato, pero Asun sabe cómo convencer a su padre. Y Mariano la apoya. Entre los dos han sido una fuerza de presión suficiente. Pero la universidad es otra historia. Eso tampoco le va a parecer bien a su padre. Está bien para Mariano que es hombre, y está decidido que sea notario. No es que él lo haya decidido, pero sabe que hay guerras que no puede ganar, y lo acepta con tranquilidad, como todo en su vida. Pero Asun no es igual. Asun quiere cosas. No quiere ser la “esposa de” para lo que su madre le  ha estado preparando toda su vida. Y menos aún desde que oyó por primera vez a Clara Campoamor.

Suspira. No sabe qué excusa le pondrá esta vez a su madre para justificar su tardanza. Ella, muy piadosa, le cuenta al padre Maximiliano todas sus preocupaciones respecto a su hija adolescente, y Asun está convencida de que alguien la vigila desde hace algunos días. No puede contarle sus inquietudes a su padre, porque está muy agobiado últimamente en el trabajo, y Mariano estudiando para sus exámenes.

Tiene un nuevo amigo, un chico de veinte años, como su hermano, que ha conocido en el grupo. A él no parece molestarle que una chica hable de política. Si sus amigas supieran que va a esas reuniones con gente mayor y en gran parte del sexo contrario, les daría un patatús. Por eso le gustan más sus nuevos amigos, aunque tengas lúgubres pensamientos y sean de la opinión de que las cosas no van bien. Asun se siente mayor entre ellos. La toman en serio.

-¿De dónde vienes María Asun? – Su madre la escudriña minuciosamente desde el hueco del pasillo – Es muy tarde, hace horas que han terminado tus clases.
-De estudiar, madre. Ya sabe que quiero sacar muy buenas notas.
-No sé para qué. Si pasaras más tiempo en casa ayudándome, aprenderías las cosas útiles que te van a servir de verdad.
-Sí, sí, ya lo sé. Ahora mismo sería un desastre de esposa.
-A este paso nadie querrá casarse contigo, hija, y ya me dirás qué vas a hacer entonces.
-Trabajar, madre. Para eso estoy sacando el bachillerato – responde Asun con sorna
-Ese tono, Mari Asun. Ya sé lo mucho que disfrutas disgustándome. No sé por qué a tu padre le hace tanta gracia que hayas salido respondona. Si rezaras con tanto ahínco como me torturas, tendrías el cielo ganado.


Asun mira a su madre de soslayo, mientras corta verduras. ¿Qué le ha pasado? Aún es joven. Se casó muy joven. Tal vez demasiado. No conoce otra cosa. Por eso le da tanto miedo que el destino de su hija sea tan distinto al suyo. Porque si el destino no es el mismo, ya no queda nada que las una.