miércoles, 8 de junio de 2016

LA IMPORTANCIA DE LLAMARSE FEMINISTA (A UNO MISMO)


Ayer leí un artículo sobre una chica mexicana que se autodenominaba antifeminista, y que se dedicaba luchar verbalmente contra las feministas en las redes sociales. Ella basaba su teoría en que el patriarcado no existe, y que es una invención de las feministas para destruir la sociedad. Según ella, el feminismo tuvo sentido hace muchos años, pero que ahora la igualdad se ha alcanzado, no tiene sentido. Curiosamente, acto seguido leí otro artículo sobre un juez mexicano que le había quitado la custodia a una madre porque según él, no era lo suficientemente femenina: Era atea, no cumplía su rol en la casa y por ello necesitaba ir a terapia. No sé si eso es a lo que esta chica llama igualdad, a que un juez pueda dictaminar qué rol tienes que cumplir en la sociedad legalmente por ser mujer, sin embargo la chica decía que aunque recibía a diario muchos insultos y ataques, también tenía miles de seguidores que le apoyaban y le agradecían lo que hacía. Le agradecían que fuera antifeminista.

Pero no hay que irse a México para ver estas cosas. Uno puede argumentar diferencias culturales, pero no es el caso. Yo he oído en repetidas ocasiones a gente de mi entorno, ya no digo gente relevante o famosa, bromear con el patriarcado, ridiculizando la idea. Y no hay mejor forma de desprestigiar un movimiento que ridiculizando su causa. Lo vemos a diario en política, sin ir más lejos. Y hay muchos que cuando alguien señala la cantidad de abusos que las mujeres sufren a diario en todo el mundo, suelen responder con que los hombre también sufren, y que eso nadie lo denuncia, que ellos también son maltratados y abusados y nadie lo denuncia. Y normalmente añadirán un “feminazi” al final de su argumentación como colofón final. Es como decir: Hay una epidemia, pero no os pongáis vacunas, que a mi vecino cuando tuvo catarro no le vacunaron.

Es decir, la injusticia y el abuso de poder sobre los derechos humanos es algo que existe en todo el mundo y que no diferencia género. La injusticia hay que perseguirla y castigarla en cualquier forma o estadio. Pero no se puede negar que los abusos que sufren las mujeres por ser mujeres como grupo, como colectivo social, no existan. Nadie ataca a los hombres por ser hombres. Y negar la existencia del patriarcado es cerrar los ojos ante el problema y mirar hacia otro lado. Hay cientos, o miles de ejemplos a nuestro alrededor dejándolo en evidencia: mundo de negocios, cine, publicidad… Mires donde mires, a pesar de la evolución social que se ha vivido en los últimos 50 años (en occidente, claro, en el resto del mundo no podemos hablar de ese avance) aún queda mucho que avanzar. Porque los cambios culturales son muy lentos, antropológicamente hablando. Y por mucho que podamos votar, ¿quién no ha tenido que escuchar en su vida algo como “vete a fregar”? Son herencias culturales, manchas, más bien, que tardan mucho más años en desaparecer, y más cuando el cambio se ha conseguido mediante la lucha, pero en el poder siguen los mismos, a los que no les interesa tanto que las cosas cambien, y regalan a su público la ilusión del gran cambio que ha habido para que se muestren conformes. Sin embargo, las formas de esclavitud cambian. Ahora a la mujer se le esclaviza mediante la imagen. Y ¿quién mueve los hilos para que sea así? Unos pocos ricos.

Sin embargo, no es la intención de este artículo profundizar en esos temas, que bien darían para una tesis doctoral, sino en ejemplos más cercanos y visibles. Esta semana se ha publicado un estudio acerca de las violaciones en la comunidad universitaria estadounidense. El estudio refleja que 1 de cada 5 estudiantes universitarias sufre una violación o agresión sexual. 1 de cada 5. Esa proporción da miedo. Pero no hay que cruzar el charco, ni hay que leer estudios sociológicos. Este fin de semana, sin ir más lejos, volvía a casa con dos amigas, por pleno centro de la ciudad, cuando un tipo tuvo a bien gritar “¡qué culo tienes!”. Y ese es el pan de cada día. No hay momento en el que vayas sola por la calle, si es de noche más, sola o sin presencia masculina, en el que algún garrulo va a sentirse en su derecho de opinar sobre tu cuerpo. De cosificarte. De tratarte como un objeto sexual. Hace un par de años, otro espabilado al que tuve la desgracia de encontrarme más de una vez, no sólo se conformó con eso, sino que además decidió que tenía que premiarme con su compañía, y se puso a andar a mi lado, murmurándome todo lo que me haría. Y eso es violencia. Es violencia porque te hace sentir incómoda, te asusta, y probablemente si no hubiésemos estado a plena luz del día en medio del barrio, habría intentado hacerme algo más. Y no es un caso aislado. Es algo que puedo comentar con cualquier mujer y a todas les habrá pasado algo similar en algún momento de su vida: El acoso de un tipo en un bar, el que te toquen el culo cuando vas andando por la calle, los “piropos”, por los cuales al parecer deberíamos sentirnos halagadas, cuando nadie ha pedido su opinión, ni que te cosifiquen como un órgano sexual andante. Eso es violencia, y todas lo sufrimos a diario. Y que no venga nadie a decirme que las mujeres hacemos lo mismo con los hombres. Porque muchos hombres se sienten en su derecho a hacer eso. Y repito que no es algo aislado. Claro que hay hombres que no son así, no veo a ninguno de mis amigos cercanos haciendo eso, pero es una tendencia muy generalizada.

De hecho, por lo visto existe un hombre que se dedica a hacer tutoriales en Youtube de cómo asaltar a las mujeres. Porque según él, las mujeres no sabemos lo que queremos, y cuando decimos no, en realidad sí que queremos, que él sabe más que nosotras. Podríamos pensar que es un colgado, pero no, tienes miles y miles de suscriptores en su canal, y el tío va dando hasta charlas sobre esto. En plan coaching. Repito; miles y miles de suscriptores.


Así que invito a la reflexión, a que consideres, tú que estás leyendo, la importancia de ser y llamarte feminista. 

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