La poesía no se debería vender, y sin embargo la vendo.
Como persona nadie me puede comprar, como escritora tengo precio.
El afán de gloria, de fama, de inmortalidad, es mi condena, y acepto esta pena con lo que me queda de dignidad.
Cambio un verso por una moneda, o eso pienso, pues todavía no he escrito nada que pueda interesar a un comprador.
Pero, ¿merece algo la pena si su valor es metálico? ¿Cuándo surgió la pasión inspirada por el tintineo del bolsillo? ¿Acaso no languidecían los bohemios hambrientos en cuartuchos oscuros de París?
Los árboles desnudos de mi calle parecen desarmados bajo la luz mortecina de este día gris. Podrían ser hermosas estatuas de madera cubiertas por una grágil capa de nieve, delicada; tanto que puede esfumarse con un soplo. Pero pienso en vender la belleza y ésta desaparece.
No puedo vender poesía. La poesía no se vende. Tan solo se regala. Se entrega a sí misma desinteresadamente. Pero no es una esclava. Va y viene, deleita nuestras mentes humanas, y se marcha cual musa caprichosa cuando quiere, abandonándonos en nuestra fría soledad.
Arde y enciende, pero no quema. Conmueve y transporta. Fluye estando quieta.
Vuela, alma, vuela.
Vuelve, musa, vuelve.
Regalo poesía a quien la quiera.
jueves, 7 de enero de 2010
lunes, 28 de diciembre de 2009
Dulce locura.
Puede que esté loca, porque hablo contigo cuando no estás. Acumulo todas las cosas que te quiero decir en mi mente, y allí, en lo más recóndito, te las cuento. No importa que no me escuches... o puede que sí lo hagas.
Puede que esté loca, pues no ha sido un largo periodo de tiempo, y al fin y al cabo son mi cabeza y mi percepción las que me juegan malas pasadas, pues soy consciente de que estás más lejos, y soy consciente de que no me puedo comunicar contigo.
Duermo lo más que puedo para que los días sean más cortos, y cuando despierto, hago mil cosas para manetenerme ocupada, pero por más que me esfuerzo en aislarte de mi pensamiento, es imposible... es un eco profundo arraigado en el subconsicente: Que llegue ya, que llegue ya.
Incomprensiblemente te he echado de menos. Puede que no haya tenido tiempo para hacerlo, pero empezó desde el momento en el que abandonaste las sábanas la mañana siguiente a Navidad.
Puede que esté loca, pero sólo quiero suplicarte... quédate a mi lado.
Te quiero.
Puede que esté loca, pues no ha sido un largo periodo de tiempo, y al fin y al cabo son mi cabeza y mi percepción las que me juegan malas pasadas, pues soy consciente de que estás más lejos, y soy consciente de que no me puedo comunicar contigo.
Duermo lo más que puedo para que los días sean más cortos, y cuando despierto, hago mil cosas para manetenerme ocupada, pero por más que me esfuerzo en aislarte de mi pensamiento, es imposible... es un eco profundo arraigado en el subconsicente: Que llegue ya, que llegue ya.
Incomprensiblemente te he echado de menos. Puede que no haya tenido tiempo para hacerlo, pero empezó desde el momento en el que abandonaste las sábanas la mañana siguiente a Navidad.
Puede que esté loca, pero sólo quiero suplicarte... quédate a mi lado.
Te quiero.
lunes, 21 de diciembre de 2009
Te quiero.
Te quiero. Te quiero. te quiero.
Es esa certeza a que hace que todo valga la pena. Arriesgué, y gané.
Oh, sí. Me tocó el premio gordo.
Releí algo que escribí hace unos meses: Historia de dos.
La volvía a leer y me di cuenta de que lo has cumplido todo, absolutamente todo. Has hecho que mis sueños se hagan realidad.
Y por eso te quiero. Por quererme. Por hacerte querer.
Puede resultar repetitivo, aburrido, rutinario, soporífero, ordinario....
Pero te quiero. Te quiero. Te quiero.
Y es que no hago mas que pensar en ello. Puedo tener la cabeza en mil cosas, estar agobiada, estresada, cansada o de mal humor, pero siempre estás tú, grabado en mi subconsciente, haciendo que esboce involuntarias sonrisas, y capaz de levantar a mi alrededor una burbuja de felicidad que me protege de todo mal.
Te quiero, te quiero, te quiero.
¿Por qué?
Puede ser porque te esfuerzas en hacerme feliz.
Puede ser porque eres mi mejor amigo.
Puede ser porque me conoces y me aceptas.
Puede ser porque contigo hago el amor.
Puede ser porque me encanta cada adjetivo que describe a tu persona.
Puede ser porque seas el único que me deja sin palabras, e incluso sin respiración.
Puede ser porque me impulsas a mejorar como persona.
Puede ser porque mi primera prioridad sea hacerte feliz.
Puede ser porque no me importa llorar sobre tu hombro.
Puede ser porque me gusta sentirme protegida entre tus brazos.
Puede ser por la suavidad y la dulzura apasionada con la que me tocas.
Puede ser porque pierdo la cabeza cuando tu boca roza mi boca.
¿Por qué te quiero? No lo sé.
Sólo sé que te quiero. Te quiero. Te quiero.
Es esa certeza a que hace que todo valga la pena. Arriesgué, y gané.
Oh, sí. Me tocó el premio gordo.
Releí algo que escribí hace unos meses: Historia de dos.
La volvía a leer y me di cuenta de que lo has cumplido todo, absolutamente todo. Has hecho que mis sueños se hagan realidad.
Y por eso te quiero. Por quererme. Por hacerte querer.
Puede resultar repetitivo, aburrido, rutinario, soporífero, ordinario....
Pero te quiero. Te quiero. Te quiero.
Y es que no hago mas que pensar en ello. Puedo tener la cabeza en mil cosas, estar agobiada, estresada, cansada o de mal humor, pero siempre estás tú, grabado en mi subconsciente, haciendo que esboce involuntarias sonrisas, y capaz de levantar a mi alrededor una burbuja de felicidad que me protege de todo mal.
Te quiero, te quiero, te quiero.
¿Por qué?
Puede ser porque te esfuerzas en hacerme feliz.
Puede ser porque eres mi mejor amigo.
Puede ser porque me conoces y me aceptas.
Puede ser porque contigo hago el amor.
Puede ser porque me encanta cada adjetivo que describe a tu persona.
Puede ser porque seas el único que me deja sin palabras, e incluso sin respiración.
Puede ser porque me impulsas a mejorar como persona.
Puede ser porque mi primera prioridad sea hacerte feliz.
Puede ser porque no me importa llorar sobre tu hombro.
Puede ser porque me gusta sentirme protegida entre tus brazos.
Puede ser por la suavidad y la dulzura apasionada con la que me tocas.
Puede ser porque pierdo la cabeza cuando tu boca roza mi boca.
¿Por qué te quiero? No lo sé.
Sólo sé que te quiero. Te quiero. Te quiero.
martes, 24 de noviembre de 2009
Miedo.
El miedo. Sentimiento de desconfiaza propio de los seres animados ante lo desconocido.
El miedo nos hace ser personas, al igual que tantas otras cosas. Es rasgo de humanidad. El valor es rasgo de heroísmo, de superación, de fortaleza. Rasgo de que somos capaces de algo más grande que nuestros temores.
¿Qué se puede decir de una persona que tiene miedo del miedo?
Por la propia definición, se podría llegar a la conlusión de que esa persona teme, precisamente el sentirse desconfiada respecto a algo que desconoce.
Le asusta no tener el conocimiento, no encontrar respuestas, que sólo aparezcan nuevas dudas cada vez que pregunta.
¿Y si la respuesta a esas preguntas no es mas que la ausencia de dichas cuestiones?
¿Puede llegar alguien cuya curiosidad es innata renunciar al placer de saber, de investigar, para alcanzar la paz interior? ¿O seguirá, por el contrario, buscando las claves que se escapan de su control?
Otro de los rasgos más típicos de la humanidad es confiar en que algo más grande que ellos es guardián custodio de todos los misterios. En creer, pues, de alguna manera, consciente o inconscientemente que el destino existe, pues todo está escrito en algún lugar. Las respuestas esperan a ser encontradas en cualquier sitio.
Uno de los casos más claro es la fe.
La gente se libra de su miedo a la muerte, ese gran enigma; creyendo en un ente superior, llámesele Dios, Alá, Yavhé etc... confiando en que esas personalidades que se escapan de la comprensión humana impedirán que todo acabe.
Parece que de alguna forma, todos creemos en la inmortalidad.
Siempre me he negado a creer en el destino. He rechazado por completo la idea de que en realidad mi libertad es ficticia, y que mis decisiones habían sido tomadas antes de que yo me hubiera decidido a ello.
Ahora me da igual. Me da igual que esté predestinada o no. Ya no tengo miedo. No tengo miedo a lo desconocido, a perder mi libertad.
Me he confiado a algo más grande e incomprensible, algo que no necesito cuestionar.
O tal vez es que ya he encontrado la respuesta a todas mis preguntas.
AMAR.
He nacido para amarte. Vivo para amarte. Y te amaré hasta la eternidad.
El miedo nos hace ser personas, al igual que tantas otras cosas. Es rasgo de humanidad. El valor es rasgo de heroísmo, de superación, de fortaleza. Rasgo de que somos capaces de algo más grande que nuestros temores.
¿Qué se puede decir de una persona que tiene miedo del miedo?
Por la propia definición, se podría llegar a la conlusión de que esa persona teme, precisamente el sentirse desconfiada respecto a algo que desconoce.
Le asusta no tener el conocimiento, no encontrar respuestas, que sólo aparezcan nuevas dudas cada vez que pregunta.
¿Y si la respuesta a esas preguntas no es mas que la ausencia de dichas cuestiones?
¿Puede llegar alguien cuya curiosidad es innata renunciar al placer de saber, de investigar, para alcanzar la paz interior? ¿O seguirá, por el contrario, buscando las claves que se escapan de su control?
Otro de los rasgos más típicos de la humanidad es confiar en que algo más grande que ellos es guardián custodio de todos los misterios. En creer, pues, de alguna manera, consciente o inconscientemente que el destino existe, pues todo está escrito en algún lugar. Las respuestas esperan a ser encontradas en cualquier sitio.
Uno de los casos más claro es la fe.
La gente se libra de su miedo a la muerte, ese gran enigma; creyendo en un ente superior, llámesele Dios, Alá, Yavhé etc... confiando en que esas personalidades que se escapan de la comprensión humana impedirán que todo acabe.
Parece que de alguna forma, todos creemos en la inmortalidad.
Siempre me he negado a creer en el destino. He rechazado por completo la idea de que en realidad mi libertad es ficticia, y que mis decisiones habían sido tomadas antes de que yo me hubiera decidido a ello.
Ahora me da igual. Me da igual que esté predestinada o no. Ya no tengo miedo. No tengo miedo a lo desconocido, a perder mi libertad.
Me he confiado a algo más grande e incomprensible, algo que no necesito cuestionar.
O tal vez es que ya he encontrado la respuesta a todas mis preguntas.
AMAR.
He nacido para amarte. Vivo para amarte. Y te amaré hasta la eternidad.
lunes, 9 de noviembre de 2009
Gritos de desesperación.
No entiendo el miedo a lo desconocido. Ese que es tan característico de la estupidez humana. ¿Más vale malo conocido que bueno por conocer? Por favor. Nunca he entendido porqué hay gente que se empeña en no ver más allá de sus narices.
No sé porqué les gusta vivir alienados, balando complacidos al son que dirige un pastor invisible. Beeeeeeeeeee, beeeeeeeeeeee. La lana del vecino es igual que la mía. Chupi.
¿Qué pasa con la curiosidad? Es ese don maravilloso que define a nuestra especie; que nos impulsa a investigar, a querer saber, a realizarnos como personas... ¿Es que ya no importa?
No, por favor. Yo tengo el felquillo igual que la que se sienta delante de mí. Eso me hace feliz.
Basura.
¿Dónde están los ideales de la juventud? ¿Qué ha sido de las ganas de comerse el mundo, de ser invencibles, de hacer que nuestras vidas sean especiales?
¡Despertad!
No ahoguéis vuestras ridículas aspiraciones en el alcohol barato del bar al que váis todas las noches de sábado.
Dejad de soñar con que llegue el momento de pisar ese antro asqueroso, dónde el suelo está pegajoso por sustancias de lo más variadas e innombrables, y la "música" es un ruido que atonta.
¿Nadie ha oído hablar de las cataratas de Iguazú? ¿De Machu-Pichu? ¿De Abus Simbel? ¿Del London-Eye? ¿de la Torre Eiffel? ¿Del Empire-State?
¿Nadie ha querido escapar de esa monótona cárcel que es vuestra rutina; esa misma que destroza vuestra humanidad?
¿Nadie ha soñado nunca con ganar un Premio Nobel, un Pulitzer, un Oscar, un Grammy? ¿Con hacer algo grande? ¿Con cambiar el mundo?
Existe un universo enorme ahí fuera, lleno de maravillas, misterios, enigmas y experiencias.
Puede parecer soberbio y ególatra considerar que mis aspiraciones están por encima de las de los demás, pero es que nosotros somos el futuro.
¿Qué futuro le espera a este mundo si hemos perdido la capacidad de soñar? ¿Si hemos perdido la curiosidad, y, en definitiva, nuestra esencia?
El mundo se convertirá en un gran antro en el que vomitar después de haber bebido tanto para olvidar nuestra frustración y pateticidad.
Pues no, no en mi nombre.
Yo soy de esas extrañas personas que gustan de un atardecer, del olor de una rosa, de la luz de la luna, de una hermosa melodía, del sabor de la poesía.
Pienso pisar cada pequeña porción del planeta, conocer personas de mil y una culturas, cantar canciones olvidadas, retratar rostros sin nombre, y escribir mis memorias para que quede constancia de que yo he vivido.
Yo voy a vivir.
Quiero cambiar el mundo, y luchar por ideales perdidos, y alzar estandartes por causas justas, y no rendirme aun cuando todos hayan caído.
Quiero ser una heroína, una leyenda, una estrella en el firmamento, que mi nombre no caiga en el olvido... y ser inmortal.
Amor, pasión, amistad, justicia, honor, libertad, saber, viajar...
¿Es tan difícil entender su significado?
Seguid soñando con vuestras noches de sábado.
No sé porqué les gusta vivir alienados, balando complacidos al son que dirige un pastor invisible. Beeeeeeeeeee, beeeeeeeeeeee. La lana del vecino es igual que la mía. Chupi.
¿Qué pasa con la curiosidad? Es ese don maravilloso que define a nuestra especie; que nos impulsa a investigar, a querer saber, a realizarnos como personas... ¿Es que ya no importa?
No, por favor. Yo tengo el felquillo igual que la que se sienta delante de mí. Eso me hace feliz.
Basura.
¿Dónde están los ideales de la juventud? ¿Qué ha sido de las ganas de comerse el mundo, de ser invencibles, de hacer que nuestras vidas sean especiales?
¡Despertad!
No ahoguéis vuestras ridículas aspiraciones en el alcohol barato del bar al que váis todas las noches de sábado.
Dejad de soñar con que llegue el momento de pisar ese antro asqueroso, dónde el suelo está pegajoso por sustancias de lo más variadas e innombrables, y la "música" es un ruido que atonta.
¿Nadie ha oído hablar de las cataratas de Iguazú? ¿De Machu-Pichu? ¿De Abus Simbel? ¿Del London-Eye? ¿de la Torre Eiffel? ¿Del Empire-State?
¿Nadie ha querido escapar de esa monótona cárcel que es vuestra rutina; esa misma que destroza vuestra humanidad?
¿Nadie ha soñado nunca con ganar un Premio Nobel, un Pulitzer, un Oscar, un Grammy? ¿Con hacer algo grande? ¿Con cambiar el mundo?
Existe un universo enorme ahí fuera, lleno de maravillas, misterios, enigmas y experiencias.
Puede parecer soberbio y ególatra considerar que mis aspiraciones están por encima de las de los demás, pero es que nosotros somos el futuro.
¿Qué futuro le espera a este mundo si hemos perdido la capacidad de soñar? ¿Si hemos perdido la curiosidad, y, en definitiva, nuestra esencia?
El mundo se convertirá en un gran antro en el que vomitar después de haber bebido tanto para olvidar nuestra frustración y pateticidad.
Pues no, no en mi nombre.
Yo soy de esas extrañas personas que gustan de un atardecer, del olor de una rosa, de la luz de la luna, de una hermosa melodía, del sabor de la poesía.
Pienso pisar cada pequeña porción del planeta, conocer personas de mil y una culturas, cantar canciones olvidadas, retratar rostros sin nombre, y escribir mis memorias para que quede constancia de que yo he vivido.
Yo voy a vivir.
Quiero cambiar el mundo, y luchar por ideales perdidos, y alzar estandartes por causas justas, y no rendirme aun cuando todos hayan caído.
Quiero ser una heroína, una leyenda, una estrella en el firmamento, que mi nombre no caiga en el olvido... y ser inmortal.
Amor, pasión, amistad, justicia, honor, libertad, saber, viajar...
¿Es tan difícil entender su significado?
Seguid soñando con vuestras noches de sábado.
domingo, 25 de octubre de 2009
Melodías.
Existe una melodía capaz de transportarte en cada una de sus notas, alejándote de tu cuerpo, del mundo, de la realidad, evocando lugares lejanos, imágenes desconocidas, luces, colores, impresiones, hasta olores.
Existe una melodía que logra captar lo más hondo de tu mente, y te concecta con alguien más, a través del espacio y el tiempo, y consigues lo imposible, y sabes que la magia existe, y que está dentro de cada acorde de guitarra, que sin ningún motivo aparente conmueve hasta el último ápice de tu alma.
Me balancea suavemente en su etéreo abrazo, pienso, y no pienso al mismo tiempo, pero sé con seguridad que he nacido para escuchar esa música. Aún soy incapaz de interprestar su significado, pero me habla, me habla alto y claro, y sé que las respuestas a todas mis preguntas se encuentran ocultas en el apasionado rasgar del aire.
Me hace sentir que si me dejase caer hacia atrás en el aire, podría flotar.
Me inspira la necesidad de tocar, de acariciar algo en un gesto sagrado, de cerrar los ojos y abandonar mi cuerpo al delirio.
Y llegamos a crescendo, el éxtasis absoluto, y una lágrima recorre mis mejillas de pura emoción, pues nunca he oído algo tan hermoso.
El ritmo disminuye, lentamente, y creo despertar de un sueño.
Existe una melodía que logra captar lo más hondo de tu mente, y te concecta con alguien más, a través del espacio y el tiempo, y consigues lo imposible, y sabes que la magia existe, y que está dentro de cada acorde de guitarra, que sin ningún motivo aparente conmueve hasta el último ápice de tu alma.
Me balancea suavemente en su etéreo abrazo, pienso, y no pienso al mismo tiempo, pero sé con seguridad que he nacido para escuchar esa música. Aún soy incapaz de interprestar su significado, pero me habla, me habla alto y claro, y sé que las respuestas a todas mis preguntas se encuentran ocultas en el apasionado rasgar del aire.
Me hace sentir que si me dejase caer hacia atrás en el aire, podría flotar.
Me inspira la necesidad de tocar, de acariciar algo en un gesto sagrado, de cerrar los ojos y abandonar mi cuerpo al delirio.
Y llegamos a crescendo, el éxtasis absoluto, y una lágrima recorre mis mejillas de pura emoción, pues nunca he oído algo tan hermoso.
El ritmo disminuye, lentamente, y creo despertar de un sueño.
martes, 6 de octubre de 2009
Introspección
Te dejé traspasar la muralla, y he descubierto ante tí mi imperfección.
Supongo que, parándome a pensarlo, todo tiene sentido.
El amor es el salto más grande que puede darse, y yo me tiré sin dudarlo dos veces, sin paracaídas ni freno, sin mirar abajo, sin pensar. Me dejé guiar por mi instinto, y confié en que éste me ayudaría a flotar.
Y ahora me empiezo a dar cuenta de dónde me he metido; en la aventura más grande que podría haber soñado.
Y como en toda aventura, me siento perdida, porque todo es nuevo.
No es que me arrepienta, ni mucho menos. Pero al giual que hace un año me tuve que acostrumbrar a sobrevivir sin mis amigos, ahora tengo que aprender a sobrevivir siendo parte de algo más grande.
Ahora ya no camino sola. Llevaba toda la vida haciéndolo, y ahora tengo que reajustar mis pasos para poder caminar de la mano con quien me acompaña.
He pasado tanto tiempo sintiéndome fuerte detrás de mi armadura que ahora que me la he quitado me siento muy pequeñita y vulnerable, desprotegida, expuesta a la crueldad del mundo, cuando hay cicatrices que todavía duelen, y mucho. Y, para qué engañarnos, a lo mejor no soy tan valiente o tan fuerte como quiero creer, y me da mucho miedo estar tan expuesta.
A mi gigante de hierro lo han sustituído unos brazos cálidos, que me hacen sentir feliz, pero esos brazos no están siempre, y cuando no, me vuleve a invadir el pánico.
Marco tenía razón; tengo traumas. Me han dado tantas puñaladas traperas y algunas tan recientemente, que no puedo evitar ponerme alerta con todos mis sentidos para evitar una nueva traición.
Puede que sea injusto desconfiar de quienes más queremos, y lo odio, pero también se que es de ahí de donde me puede venir una daga directa al corazón.
Y en el afán de protección de mi maltrecho órgano palpitante me vuelvo celosa, y controladora, y no hay nada que deteste más.
Porque yo le quiero, le quiero más que a nada en este mundo, y sinceramente, su corazón me importa más que el mío propio.
Pero aquí es donde todo entra en conflicto.
Una parte de mí me dice: "Elena, sabes que él nunca te traicionaría, te quiere, nunca haría nada que pudiera hacerte daño". Pero otra, maldita y oscura, susurra desde las sombras: "¿Realmente lo sabes? Ya tuvo un momento de debilidad, aunque rectificara. Si te traiciona, te caerás para no levantarte, eso sí que lo sabes."
Y me dan ganas de gritarle: "¿Por qué no me dejas en paz, ahora que soy feliz? ¡Vete de aquí! ¡Deja de acosarme cuando estoy bien!"
Y entonces es cuando me siento Gollum, y por ello mezquina y culpable.
No quiero que me pase como dice la canción de Fito: "Te perdí por pensar que te tenía."
Soy lo suficientemente inteligente como para ver llegar las consecuencias de mis actos.
Si me comporta de manera acaparadora, celosa, posesiva o agobiante, lo perderé, y será mi culpa.
Pero, comosegún mi madre no lo puedo controlar todo, a veces pierdo el control sobre mí misma, y salen a pasear mis inseguridades, de la mano del recelo, azuzadas por esa parte egoísta que todos tenemos.
Y no lo soportaría. No puedo perderlo. Sin él, me moriría. Puede que no físicamente, pero todo lo que he sido y soy se iría con él, y sé que no volvería a ser mas que un espectro de lo que antaño fui.
Y ¿Qué fui?
Esa es otra de mis grandes inseguridades. ¿Qué ve él en mí?
A lo mejor no me traiciona, pero se cansa de mi persona, y se va detrás de otra; más, guapa, más lista, más divertida... posibilidades tiene.
¡Oh! ¡Sorpresa! Elena, resulta que no te tienes en tan alta estima como quieres hacer creer al mundo.
Supongo que todos estos sentimientos negativos vienen exhaltados sin remedio por mi amiga la menstruación.
No seré tan injusta conmigo misma, la mayor parte de los días soy bastante más cuerda y racional.
De todas formas, necesitaba desahogarme, y ya lo he hecho. Ahora me siento mucho mejor.
Sólo saco una conclusión; el amor nos hacer ser más humanos, para lo bueno, y para lo malo.
Supongo que, parándome a pensarlo, todo tiene sentido.
El amor es el salto más grande que puede darse, y yo me tiré sin dudarlo dos veces, sin paracaídas ni freno, sin mirar abajo, sin pensar. Me dejé guiar por mi instinto, y confié en que éste me ayudaría a flotar.
Y ahora me empiezo a dar cuenta de dónde me he metido; en la aventura más grande que podría haber soñado.
Y como en toda aventura, me siento perdida, porque todo es nuevo.
No es que me arrepienta, ni mucho menos. Pero al giual que hace un año me tuve que acostrumbrar a sobrevivir sin mis amigos, ahora tengo que aprender a sobrevivir siendo parte de algo más grande.
Ahora ya no camino sola. Llevaba toda la vida haciéndolo, y ahora tengo que reajustar mis pasos para poder caminar de la mano con quien me acompaña.
He pasado tanto tiempo sintiéndome fuerte detrás de mi armadura que ahora que me la he quitado me siento muy pequeñita y vulnerable, desprotegida, expuesta a la crueldad del mundo, cuando hay cicatrices que todavía duelen, y mucho. Y, para qué engañarnos, a lo mejor no soy tan valiente o tan fuerte como quiero creer, y me da mucho miedo estar tan expuesta.
A mi gigante de hierro lo han sustituído unos brazos cálidos, que me hacen sentir feliz, pero esos brazos no están siempre, y cuando no, me vuleve a invadir el pánico.
Marco tenía razón; tengo traumas. Me han dado tantas puñaladas traperas y algunas tan recientemente, que no puedo evitar ponerme alerta con todos mis sentidos para evitar una nueva traición.
Puede que sea injusto desconfiar de quienes más queremos, y lo odio, pero también se que es de ahí de donde me puede venir una daga directa al corazón.
Y en el afán de protección de mi maltrecho órgano palpitante me vuelvo celosa, y controladora, y no hay nada que deteste más.
Porque yo le quiero, le quiero más que a nada en este mundo, y sinceramente, su corazón me importa más que el mío propio.
Pero aquí es donde todo entra en conflicto.
Una parte de mí me dice: "Elena, sabes que él nunca te traicionaría, te quiere, nunca haría nada que pudiera hacerte daño". Pero otra, maldita y oscura, susurra desde las sombras: "¿Realmente lo sabes? Ya tuvo un momento de debilidad, aunque rectificara. Si te traiciona, te caerás para no levantarte, eso sí que lo sabes."
Y me dan ganas de gritarle: "¿Por qué no me dejas en paz, ahora que soy feliz? ¡Vete de aquí! ¡Deja de acosarme cuando estoy bien!"
Y entonces es cuando me siento Gollum, y por ello mezquina y culpable.
No quiero que me pase como dice la canción de Fito: "Te perdí por pensar que te tenía."
Soy lo suficientemente inteligente como para ver llegar las consecuencias de mis actos.
Si me comporta de manera acaparadora, celosa, posesiva o agobiante, lo perderé, y será mi culpa.
Pero, comosegún mi madre no lo puedo controlar todo, a veces pierdo el control sobre mí misma, y salen a pasear mis inseguridades, de la mano del recelo, azuzadas por esa parte egoísta que todos tenemos.
Y no lo soportaría. No puedo perderlo. Sin él, me moriría. Puede que no físicamente, pero todo lo que he sido y soy se iría con él, y sé que no volvería a ser mas que un espectro de lo que antaño fui.
Y ¿Qué fui?
Esa es otra de mis grandes inseguridades. ¿Qué ve él en mí?
A lo mejor no me traiciona, pero se cansa de mi persona, y se va detrás de otra; más, guapa, más lista, más divertida... posibilidades tiene.
¡Oh! ¡Sorpresa! Elena, resulta que no te tienes en tan alta estima como quieres hacer creer al mundo.
Supongo que todos estos sentimientos negativos vienen exhaltados sin remedio por mi amiga la menstruación.
No seré tan injusta conmigo misma, la mayor parte de los días soy bastante más cuerda y racional.
De todas formas, necesitaba desahogarme, y ya lo he hecho. Ahora me siento mucho mejor.
Sólo saco una conclusión; el amor nos hacer ser más humanos, para lo bueno, y para lo malo.
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